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Mostrando entradas de mayo, 2026

Capítulo 2: En la casa del maestro

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2. En la casa del maestro La noche cayó de golpe sobre el Jardín, tejiendo sombras largas entre los olivos. Uno a uno, los jóvenes discípulos y las mozalbetas se fueron despidiendo del maestro con afectuosas reverencias, alegando que debían estar pronto de regreso en sus casas para la cena. Al quedar el sendero en calma, Epicuro me tendió la mano y me invitó a cruzar el umbral de su hogar. Al entrar, me sorprendió la extrema sencillez de la estancia, alejada de cualquier ostentación patricia. El suelo era de tierra batida, cuidadosamente alisado, y las paredes de adobe estaban encaladas, reflejando la titilante luz de un par de candiles de bronce que consumían aceite de oliva. No había tapices lujosos ni lechos de marfil; solo una recia mesa de madera, unas cuantas banquetas y un camastro modesto al fondo. En un rincón reposaban varias tinajas de barro para el agua y el vino común, junto a unos cestos con higos secos y un queso sencillo. Allí no soplaban los aires de la Atenas elitista...

Capítulo 1: El jardín

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Capítulo I. El Jardín El sol de primavera derramaba una luz limpia sobre los senderos de Atenas. Tras mucho preguntar por calles y plazas, di al fin con las puertas del Jardín. Allí, rodeado de jóvenes de semblante alegre y andar sosegado, se encontraba el maestro. Me acerqué con el corazón agitado y, casi sin aliento, le confesé mi verdad. —Me llamo Julián. Vengo del siglo XXI. Ni yo mismo comprendo cómo el tiempo me ha arrojado hasta este lugar, pero llevo una vida entera deseando escuchar vuestra voz. Epicuro me miró con absoluta serenidad. No mostró sorpresa ni desconfianza. Con un gesto afable me invitó a sentarme bajo la sombra de una higuera y puso entre mis manos un cuenco de agua fresca. Esperó a que bebiera antes de hablar. —No te inquietes, Julián. El tiempo es un océano sin orillas, y los átomos que forman cuanto existe jamás dejan de unirse y separarse. Nada nace de la nada y nada se pierde para siempre. No sería extraño que, tras incontables edades, la naturaleza volviera...