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Mostrando entradas de junio, 2026

El Jardín de Epicuro. Capítulo 2. En la casa del maestro

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  La noche cayó de golpe sobre el Jardín, tejiendo sombras largas entre los olivos. Uno a uno, los jóvenes discípulos y las mozalbetas se fueron despidiendo del maestro con afectuosas reverencias, alegando que debían estar pronto de regreso en sus casas para la cena. Al quedar el sendero en calma, Epicuro me tendió la mano y me invitó a cruzar el umbral de su hogar. Al entrar, me sorprendió la extrema sencillez de la estancia, alejada de cualquier ostentación patricia. El suelo era de tierra batida bien cuidada y las paredes de adobe estaban encaladas, reflejando la titilante luz de un par de candiles de bronce que consumían aceite de oliva. No había tapices lujosos ni lechos de marfil; solo una recia mesa de madera, unas cuantas banquetas y un camastro modesto al fondo. En un rincón reposaban varias tinajas de barro para el agua y el vino común, junto a unos cestos con higos secos y un queso sencillo. Allí no soplaban los aires de la Atenas elitista. Al poco de acomodarnos, se ace...

Capítulo 7: El cuerpo que dejé en Atenas

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Tardé unos minutos en recuperar la conciencia de quién era y dónde estaba. Entonces me di cuenta: había estado sumergido en un viaje virtual con un equipo de inmersión. Me quité las gafas de visión tridimensional y los cascos con manos torpes. Ya no estaba en la Grecia clásica; me encontraba en el estudio de mi casa en Valdebruma, frente a la pantalla del ordenador, aún con el regusto amargo de la pastilla en la boca; esta vez la había comprado barata en el bazar, por solo dos euros. La realidad me golpeó con la fuerza de un jarro de agua fría. Al regresar a mi cuerpo de setenta y un años, regresaron también el cansancio, la pesadez en las piernas y ese viejo malestar del colon que tanto me atormenta cuando le da por gruñir. —¡Voy! —respondí al oír la voz de Eloísa desde la cocina, llamándome para el aperitivo. Me levanté algo alelado por la experiencia, pero con ganas de airearme. Antes de sentarnos a la mesa, Eloísa había preparado unos pinchos y unas cervezas. Mientras me tomaba la ...

Capítulo 6: El desgarro del vacío

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Igual que la noche anterior, volví a dormir estupendamente: sin sobresaltos, rendido pero ligero. A la mañana siguiente, nada más levantarme, asearme y vestirme con mi túnica y mis nuevas y confortables sandalias de cuero, me descubrí buscando la mirada de Leontion en cada rincón. Su serenidad, su paso firme y elegante por el sendero y la asombrosa lucidez de su mente ejercían sobre mí una atracción callada y honda. Me estaba enamorando de ella con la sutil desesperación de quien intuye que pertenece a mundos distintos, aunque en ese momento mi memoria no lograra recordar cuál era el mío. Al mediodía, a la hora del aperitivo, nos volvimos a retirar bajo el gran olivo, lejos del grupo principal. Leontion llevaba entre sus manos un rollo de papiro: un fragmento del Tratado de la Naturaleza de Epicuro. Muy cerca de nosotros, Temista, la filósofa que pasaba unos días en El Jardín, y un muchacho algo más maduro, con una perilla incipiente, amenizaban el momento tocando la cítara y el aul...

Capítulo 5: Las habas del Maestro

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No recordaba con exactitud de dónde procedía. Sentía una extraña amnesia sobre mi pasado remoto, un velo espeso que empañaba los días anteriores a mi llegada. Pero aquella tarde, sentado junto a Leontion en la Taberna de Endimión, aquello apenas me importaba. Me sentía un habitante más de Atenas, un miembro de pleno derecho de la comunidad que se reunía en El Jardín. La luz dorada de la primavera griega, filtrándose entre las parras de la taberna, el tacto áspero de mi túnica de lino basto y el aroma a higos maduros y tierra recién regada poseían una nitidez absoluta, casi dolorosa de tan real. Había una paz tan profunda en el ambiente, un fluir tan manso de las conversaciones, que me parecía imposible que el mundo pudiera albergar dolor, conflicto o miseria. Al atardecer, cuando las sombras comenzaron a estirarse con una parsimonia sagrada, regresamos a El Jardín. Me senté bajo un viejo olivo de tronco retorcido por los siglos. Junto a mí estaba Leontion. Entre ambos descansaba una me...

Capítulo 4: La Taberna de Endimión

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Tras el largo paseo por Atenas, Epicuro nos invitó a tomar el aperitivo en la taberna de un amigo, un poco apartada del bullicio de la ciudad. Por el camino se nos unieron varios de sus discípulos, varones y muchachas por igual, que aligeraron la marcha con sus risas. El día seguía fresco y yo me encontraba feliz y ligero, como nunca antes me había sentido. Llegamos a la taberna de Endimión. Era un espacio umbrío y acogedor, con parras viejas que tamizaban la luz del mediodía y un aroma rústico a vino rancio mezclado con el de las aceitunas maceradas. Allí, algunos de los jóvenes me miraban con extrañeza. El maestro se dio cuenta y lo aclaró sin pestañear, evitando que yo fuera objeto de burlas. —Aquí nuestro amigo viene del futuro, de un lugar de Iberia que se llamará Galicia. —¿Galicia? ¿El país de los gálatas? —preguntó uno. —No sé si tendrá algo que ver —respondí tímidamente, temiendo pecar de ignorante respecto a mi propia tierra. Epicuro salvó la situación por mí. —Probablemente ...

Capítulo 3: Un paseo por Atenas

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Tras la interesante conversación de la noche anterior, el cansancio acabó por vencerme de la forma más natural. Lo extraño fue que, por primera vez en mucho tiempo, no eché de menos mi propia cama. Me sentía profundamente en paz, a pesar de la desconcertante realidad de encontrarme alojado en la casa de Epicuro, en la mismísima Atenas. «¿La Atenas del siglo IV antes de Cristo?», me pregunté mientras el sueño iba envolviéndome. Tendría que preguntárselo al maestro. O quizá a Leontion; sospechaba que ella respondía con mayor precisión, mientras que Epicuro tenía la curiosa costumbre de rodear las preguntas antes de llegar a la respuesta. Sonreí al recordarlo. Sin embargo, aceptaba cuanto estaba viviendo con una serenidad que me sorprendía. Me repetía que todo debía de tener alguna explicación; de lo contrario, no me sentiría tan tranquilo. Lo más probable era que estuviera soñando, aunque jamás había tenido un sueño tan vívido. Al final decidí dejar de buscar respuestas. Aquella conversa...