El Jardín de Epicuro. Capítulo 2. En la casa del maestro
La noche cayó de golpe sobre el Jardín, tejiendo sombras largas entre los olivos. Uno a uno, los jóvenes discípulos y las mozalbetas se fueron despidiendo del maestro con afectuosas reverencias, alegando que debían estar pronto de regreso en sus casas para la cena. Al quedar el sendero en calma, Epicuro me tendió la mano y me invitó a cruzar el umbral de su hogar. Al entrar, me sorprendió la extrema sencillez de la estancia, alejada de cualquier ostentación patricia. El suelo era de tierra batida bien cuidada y las paredes de adobe estaban encaladas, reflejando la titilante luz de un par de candiles de bronce que consumían aceite de oliva. No había tapices lujosos ni lechos de marfil; solo una recia mesa de madera, unas cuantas banquetas y un camastro modesto al fondo. En un rincón reposaban varias tinajas de barro para el agua y el vino común, junto a unos cestos con higos secos y un queso sencillo. Allí no soplaban los aires de la Atenas elitista. Al poco de acomodarnos, se ace...