Capítulo 5: Las habas del Maestro

No recordaba con exactitud de dónde procedía. Sentía una extraña amnesia sobre mi pasado remoto, un velo espeso que empañaba los días anteriores a mi llegada. Pero aquella tarde, sentado junto a Leontion en la Taberna de Endimión, aquello apenas me importaba. Me sentía un habitante más de Atenas, un miembro de pleno derecho de la comunidad que se reunía en El Jardín. La luz dorada de la primavera griega, filtrándose entre las parras de la taberna, el tacto áspero de mi túnica de lino basto y el aroma a higos maduros y tierra recién regada poseían una nitidez absoluta, casi dolorosa de tan real. Había una paz tan profunda en el ambiente, un fluir tan manso de las conversaciones, que me parecía imposible que el mundo pudiera albergar dolor, conflicto o miseria.

Al atardecer, cuando las sombras comenzaron a estirarse con una parsimonia sagrada, regresamos a El Jardín. Me senté bajo un viejo olivo de tronco retorcido por los siglos. Junto a mí estaba Leontion. Entre ambos descansaba una mesa de madera rectangular, gastada por los años y las inclemencias del tiempo, pero cuidadosamente limpia.

La mirada de Leontion era serena, de una claridad que desarmaba. Sin embargo, escondía una madurez antigua, un pozo de vivencias que siempre me había inspirado respeto. Al verme disfrutar con tanta ligereza de la quietud del lugar, de la brisa que hacía temblar las hojas plateadas del olivo y del pan que compartíamos para la cena, sonrió apenas. Había afecto en aquella sonrisa, pero también una sombra de tristeza.

—Te fascina esta calma, Julián —dijo con voz pausada—. Pero la memoria de este lugar es frágil para quien no conoció sus cimientos. Ves el pan sobre la mesa, la serenidad de los compañeros y la paz de esta tarde... Sin embargo, hubo un año, no hace tanto, en que la muerte llamaba cada día a las puertas de esta finca.

Se acomodó distraídamente los pliegues de la túnica y fijó la vista en el horizonte, donde el cielo empezaba a teñirse de púrpura y ceniza. Era como si contemplara un paisaje que solo existía en sus recuerdos.

—Fue durante el asedio de Demetrio Poliorcetes. Atenas se convirtió en una jaula de espectros hambrientos. La ciudad gemía bajo el peso del bloqueo. En las calles, hombres y mujeres se disputaban los despojos de un animal muerto o un puñado de raíces. El hambre extrema, Julián, vacía el alma antes de secarte el cuerpo. Convierte a las personas en criaturas que solo escuchan el rugido de sus tripas. El miedo y la desesperación acabaron siendo la única ley.

Guardó silencio unos instantes. Parecía necesitar aquel respiro antes de continuar.

Cuando volvió a hablar, una tenue luz de orgullo iluminó sus ojos.

—Pero aquí dentro... aquí dentro Epicuro obró un milagro muy humano. No multiplicó los panes; no teníamos ese poder ni lo pretendíamos. El hambre también atravesó nuestra cerca. Cada tarde, con el rostro demacrado y las manos temblorosas por la debilidad, el Maestro se sentaba ante esta misma mesa y contaba las habas. Una a una. Una ración miserable, apenas suficiente para seguir respirando, pero repartida con una justicia absoluta entre filósofos, mujeres y esclavos. Nadie recibía más. Nadie recibía menos.

Leontion apoyó suavemente una mano sobre la mesa.

—No nos salvó el trigo de los reyes, Julián; nos salvó la justicia del Maestro. Mientras el mundo exterior se devoraba a sí mismo, aquí seguimos creyendo que la amistad y la dignidad valían más que el instinto de supervivencia. Éramos pobres, estábamos hambrientos, pero continuábamos siendo hombres y mujeres libres porque elegíamos la compasión antes que la desesperación.

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire del crepúsculo.

Miré el pequeño trozo de pan que aún sostenía entre los dedos. Un instante antes era un alimento cualquiera; ahora me parecía un tesoro rescatado de un naufragio. Comprendí hasta qué punto ignoraba la historia del lugar que me acogía.

—¿Quién fue Demetrio Poliorcetes? —pregunté en voz baja.

—Demetrio... —respondió Leontion lentamente—. Es el ejemplo perfecto de la hybris, esa soberbia desmedida contra la que siempre nos previene el Maestro. Su sobrenombre, Poliorcetes, significa «el asediador de ciudades». Era un rey macedonio, brillante como un héroe de Homero y ambicioso como pocos hombres han existido. Para él, las ciudades eran trofeos; los seres humanos, simples piezas de una victoria.

Su mirada volvió a perderse entre los árboles.

—Todo ocurrió hace apenas una década, durante la olimpiada ciento dieciocho, cuando Nicocles era arconte en Atenas. Tú aún no habías llegado al Jardín. Demetrio regresó para vengar una afrenta. Bloqueó el Pireo con su flota y cerró todas las rutas de abastecimiento. No tenía prisa. Sabía que el hambre lucharía por él mejor que cualquier ejército.

Sus dedos acariciaron distraídamente la superficie desgastada de la mesa.

—Los hombres como Demetrio creen que el poder nace de las catapultas, de las falanges o del miedo. Quieren que el mundo los recuerde por las ciudades conquistadas. Pero mientras él aguardaba ahí fuera, rodeado de soldados y riquezas, aquí dentro aprendimos algo muy distinto. El verdadero poder consiste en gobernarse a uno mismo.

Levantó la vista hacia mí.

—Demetrio poseía las armas. Epicuro poseía la templanza. Al final, Atenas abrió sus puertas y el conquistador entró victorioso. Pero a nosotros no pudo arrebatarnos lo esencial, porque aquello ya estaba a salvo mucho antes de que cruzara las murallas.

Durante un largo rato ninguno de los dos habló.

Solo se escuchaba el leve murmullo del viento entre las hojas del olivo y el canto lejano de un mirlo que anunciaba el final del día.

Apoyé la mano sobre aquella vieja mesa de madera. Pensé que, muchos años antes, otros dedos se habían apoyado allí para contar unas pocas habas destinadas a mantener viva una pequeña comunidad. Entonces comprendí que la filosofía no había nacido para llenar bibliotecas ni para alimentar discusiones de sabios, sino para sostener el corazón de los hombres cuando el mundo parecía derrumbarse.

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