Capítulo 7: El cuerpo que dejé en Atenas

Tardé unos minutos en recuperar la conciencia de quién era y dónde estaba. Entonces me di cuenta: había estado sumergido en un viaje virtual con un equipo de inmersión. Me quité las gafas de visión tridimensional y los cascos con manos torpes. Ya no estaba en la Grecia clásica; me encontraba en el estudio de mi casa en Valdebruma, frente a la pantalla del ordenador, aún con el regusto amargo de la pastilla en la boca; esta vez la había comprado barata en el bazar, por solo dos euros. La realidad me golpeó con la fuerza de un jarro de agua fría. Al regresar a mi cuerpo de setenta y un años, regresaron también el cansancio, la pesadez en las piernas y ese viejo malestar del colon que tanto me atormenta cuando le da por gruñir.

—¡Voy! —respondí al oír la voz de Eloísa desde la cocina, llamándome para el aperitivo.

Me levanté algo alelado por la experiencia, pero con ganas de airearme. Antes de sentarnos a la mesa, Eloísa había preparado unos pinchos y unas cervezas. Mientras me tomaba la primera, decidí salir un momento al exterior. Me calcé previamente las botas de andar por la finca; el ambiente era muy húmedo y el suelo estaba encharcado por el agua que no había cesado de caer en los últimos días, y eso que estábamos en pleno mes de junio. Es lo bueno que tiene Valdebruma: igual te viene un día plenamente veraniego en mayo, que te sorprende un día casi invernal en junio con lluvias consecutivas.

Al volver dentro, brindamos y comimos tranquilamente. El frescor del trago me ayudó a recomponerme del todo. En realidad, no sentía la necesidad de contarle a Eloísa el maravilloso viaje que acababa de realizar. Ella siempre es extraordinariamente respetuosa con mis estados de ánimo y mis silencios, en gran parte porque ella también suele sumergirse a fondo en sus propios mundos. Tenemos un pacto implícito delicioso: no nos metemos en los viajes inmersivos del otro ni husmeamos en lo que no nos compete. Nos basta con encontrarnos en el territorio seguro del día a día. Así que, mientras disfrutábamos de la comida, charlamos de lo nuestro: del tiempo casi invernal, de cómo había crecido la hierba, del cuidado de los peces y las gatas, de los vecinos y de esa fiesta próxima que íbamos a celebrar para despedir a una amiga. Con eso nos sobra y nos basta. "Bueno, ya habrá tiempo de pensar en Atenas", me dije. No había prisa.

Al terminar de comer, miré el reloj: eran ya las dos y media de la tarde. Haciendo cuentas, me había conectado sobre las once de la mañana; es decir, solo había pasado un par de horas largas en la máquina y, en cambio, en la realidad virtual habían transcurrido tres días enteros. ¡O sea, que dos horas reales equivalían a casi tres días de simulación! Era la primera vez que realizaba un viaje de estas dimensiones, una hazaña posible gracias a la reciente compra de mi nuevo ordenador, un equipo de vanguardia dotado de un procesador de alta tecnología diseñado específicamente para la computación inmersiva. El rendimiento me había dejado gratamente sorprendido, pero también me hacía sentir que flotaba en tierra de nadie.

Antes de tumbarme a la siesta, volví a leer el prospecto de las pastillas de venta libre que tanto me ayudaban a incrementar el poder del viaje virtual. A veces las compraba en mi querida farmacia de la esquina; allí salían un poco más caras, a tres euros, pero era una cantidad insignificante comparada con la magnífica lucidez que me aportaban al aislarme del entorno real. El papel advertía que no convenía abusar de ellas porque podían crear adicción. ¡Bah, lo que dicen todos los prospectos!

Lo que sí me hizo dudar, ya metido en la cama, fue el manual de la propia máquina virtual. Advertía con severidad que no era recomendable realizar inmersiones de más de dos horas al día, como si traspasar ese límite ocultara un peligro difuso para la mente. Aquella tarde me contuve y no volví a encender el PC, pero me fue imposible pegar ojo. Mi mente seguía atrapada en Atenas, pensando en Epicuro y, sobre todo, en Leontion.

Mientras daba vueltas en la penumbra de la habitación, me asaltó una duda casi angustiosa: ¿qué habría pasado con mi cuerpo virtual cuando me desvanecí para regresar a Valdebruma? Porque recuerdo claramente que en el jardín griego caí desvanecido. ¿Habría quedado allí mi figura, tendida e inerte sobre la hierba, a la vista de los filósofos? ¿Habrán intentado reanimarme Epicuro o Leontion, o simplemente mi avatar se esfumó en el aire como un fantasma? "Qué tontería", me dije a continuación para forzarme a conciliar el sueño, "esto es sólo realidad virtual; desde el momento en que yo me desconecto, el simulacro se apaga y se acabó todo...". ¿O acaso no se apaga?

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