Capítulo 4: La Taberna de Endimión

Tras el largo paseo por Atenas, Epicuro nos invitó a tomar el aperitivo en la taberna de un amigo, un poco apartada del bullicio de la ciudad. Por el camino se nos unieron varios de sus discípulos, varones y muchachas por igual, que aligeraron la marcha con sus risas. El día seguía fresco y yo me encontraba feliz y ligero, como nunca antes me había sentido.

Llegamos a la taberna de Endimión. Era un espacio umbrío y acogedor, con parras viejas que tamizaban la luz del mediodía y un aroma rústico a vino rancio mezclado con el de las aceitunas maceradas. Allí, algunos de los jóvenes me miraban con extrañeza. El maestro se dio cuenta y lo aclaró sin pestañear, evitando que yo fuera objeto de burlas.

—Aquí nuestro amigo viene del futuro, de un lugar de Iberia que se llamará Galicia.

—¿Galicia? ¿El país de los gálatas? —preguntó uno.

—No sé si tendrá algo que ver —respondí tímidamente, temiendo pecar de ignorante respecto a mi propia tierra.

Epicuro salvó la situación por mí.

—Probablemente en el lugar en que vives se instalaron algunos gálatas, como en muchos otros rincones de Europa; de ahí su nombre. En nuestros mapas, esa franja extrema del norte de Iberia, más allá de las columnas de Heracles, es una tierra brumosa dominada por los celtas, muy distinta de las costas del levante donde habitan los íberos. Es fascinante pensar que vuestra estirpe proceda de esos confines.

Con esta explicación todos se conformaron, hasta que otro de los jóvenes, llamado Comate, preguntó:

—¿Y cómo haces para estar aquí? Cuéntanos, me muero por saberlo.

Yo ya estaba empezando a vislumbrar la razón por la que me encontraba en el tiempo de Epicuro, pero era una historia larga y enredada de explicar. La sensación era idéntica a la de esos sueños lúcidos en los que uno cree saber que está soñando porque la mente racional le dice que aquello no puede ser verdad; un estado de suspensión en el que caminas con pies de plomo, esperando que el despertar rompa el hechizo en cualquier momento. Así que, de nuevo, el maestro acudió en mi ayuda.

—Para entenderlo —comenzó Epicuro, buscando acomodo en un banco de madera— primero debemos evocar al viejo Demócrito, el gran faro de Abdera. Yo no llegué a conocerlo, pues la muerte nos separó por pocos años, pero sus ideas me alcanzaron a través de Nausífanes, que había heredado sus enseñanzas. Leyendo sus tratados comprendí que el universo no es un capricho de los dioses, sino un baile eterno de partículas infinitas que se agitan y chocan en el vacío. Todo lo que somos, lo que fuimos y lo que este amigo nuestro será en su remota Iberia, tiene que ver con los átomos...

Sin embargo, sus palabras fueron interrumpidas por la oportuna llegada de Endimión, que traía una pesada jarra de vino y varios vasos de barro. El tabernero, con una sonrisa cómplice, dejó la jarra sobre la rústica mesa de madera y regresó a la penumbra de la barra.

Leontion, que se había sentado frente a mí, había permanecido en silencio hasta entonces. Apuró las últimas gotas de su vaso, me miró fijamente con sus ojos despiertos y retomó el hilo de la conversación.

—No dejes que el maestro te abrume con la genealogía de Abdera, Julián —dijo con una sonrisa ligera—. Para entender a Demócrito hay que entender el problema que intentaba resolver. Los filósofos anteriores, como Parménides, afirmaban que el cambio era una ilusión, porque «lo que es, es, y lo que no es, no puede llegar a ser». Demócrito, junto a Leucipo, rompió ese callejón sin salida con una idea tan simple como revolucionaria: el universo está hecho únicamente de dos cosas: lo que es —los átomos— y lo que no es —el vacío—.

Epicuro asintió mientras servía un poco de vino en mi vaso de barro.

—Así es. Demócrito dedujo que debía existir un límite a la división de la materia, una partícula tan pequeña y sólida que ya no pudiera dividirse más. De ahí la palabra «átomo»: aquello que no puede cortarse. Imaginó que esas piezas eternas se movían en el vacío colisionando unas con otras.

—¿Y cuál fue vuestra aportación? —pregunté, intuyendo que allí estaba la verdadera novedad.

—Ahí es donde Epicuro perfeccionó la mirada de Abdera —respondió Leontion, inclinándose ligeramente hacia delante—. El maestro razonó que, al tener peso, el movimiento natural de los átomos debía ser una caída perpetua por el vacío. Pero entonces apareció un problema terrible. Si todos caen paralelos y a la misma velocidad, debido a la ausencia de resistencia... ¿cómo podrían encontrarse? Sería como una lluvia infinita donde las gotas jamás llegan a tocarse. No habría choques; no existirían las estrellas, ni la Tierra, ni este vino de Endimión, ni nosotros.

Hizo una breve pausa para comprobar que seguía el razonamiento. Asentí lentamente. Mi mente moderna encontraba elegante aquella construcción lógica, aunque sabía que la gravedad no funcionaba exactamente así. Lo verdaderamente fascinante era comprobar hasta dónde había llegado la intuición humana veintitrés siglos antes.

—Pero hay algo aún más importante —continuó Leontion—. Si todo obedeciera a un mecanismo rígido e inevitable, también nuestro destino estaría escrito. Nuestras decisiones, nuestros deseos, tu viaje desde la remota Iberia... todo sería consecuencia de una cadena infinita de causas. No seríamos libres. Seríamos simples marionetas de la materia.

—Y un hombre que no es libre no puede ser feliz —dije, enlazando por fin todas las piezas.

—¡Exacto! Por eso el maestro introdujo una corrección tan pequeña como gigantesca. Los átomos, en un momento y un lugar completamente indeterminados, sufren una desviación mínima de su trayectoria. Apenas un leve desvío, una inclinación imperceptible que llamamos clinamen.

Epicuro intervino entonces con su serenidad habitual.

—Esa diminuta desviación provoca los primeros encuentros entre los átomos y rompe la monotonía de su caída. De ese accidente nace toda la diversidad del universo. Pero hay algo aún más importante: esa pequeña grieta en el comportamiento de la materia abre también un espacio para la libertad humana. Si la naturaleza no está sometida a un determinismo absoluto, nosotros tampoco. Podemos elegir nuestro camino.

Me quedé en silencio, asimilando la magnitud de aquellas palabras. En mi propio siglo los científicos hablaban de la física cuántica, del principio de incertidumbre y del comportamiento impredecible de las partículas subatómicas. Resultaba sobrecogedor pensar que, bajo la sombra de aquellas parras griegas, una mujer joven y un filósofo proscrito ya habían entrevisto que, en lo más profundo del universo, quizá no reinara una rigidez perfecta, sino un margen para el azar y la libertad.

—Es hermoso... —susurré.

—Es necesario —respondió Leontion con una sonrisa.

Epicuro alzó entonces su vaso de barro y concluyó la conversación con una mirada llena de afecto.

—Ahora bebe, viajero, y ejerce tu libre albedrío decidiendo si este vino es tan bueno como los de tu época.

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