Capítulo 1: El jardín

Capítulo I. El Jardín

El sol de primavera derramaba una luz limpia sobre los senderos de Atenas. Tras mucho preguntar por calles y plazas, di al fin con las puertas del Jardín. Allí, rodeado de jóvenes de semblante alegre y andar sosegado, se encontraba el maestro.

Me acerqué con el corazón agitado y, casi sin aliento, le confesé mi verdad.

—Me llamo Julián. Vengo del siglo XXI. Ni yo mismo comprendo cómo el tiempo me ha arrojado hasta este lugar, pero llevo una vida entera deseando escuchar vuestra voz.

Epicuro me miró con absoluta serenidad. No mostró sorpresa ni desconfianza. Con un gesto afable me invitó a sentarme bajo la sombra de una higuera y puso entre mis manos un cuenco de agua fresca.

Esperó a que bebiera antes de hablar.

—No te inquietes, Julián. El tiempo es un océano sin orillas, y los átomos que forman cuanto existe jamás dejan de unirse y separarse. Nada nace de la nada y nada se pierde para siempre. No sería extraño que, tras incontables edades, la naturaleza volviera a reunir elementos semejantes. Si has llegado hasta aquí, formas parte del mismo orden que gobierna todas las cosas. No eres un extraño en este Jardín.

Sus palabras, pronunciadas con una sencillez desarmante, disiparon buena parte de mi desconcierto. Comprendí que, para él, mi llegada no era un prodigio, sino un hecho más de la naturaleza.

Inspiré profundamente.

Había una pregunta que llevaba años aguardando este instante.

—Maestro, en mi tiempo vuestro nombre sigue vivo, aunque no siempre bien comprendido. Muchos creen que enseñasteis a buscar el placer sin medida. Yo sospecho que esa imagen es injusta. Decidme: ¿qué es realmente la ataraxia, esa paz del alma de la que tanto habláis?

Epicuro sonrió con dulzura. Durante unos instantes contempló el agua que aún quedaba en mi cuenco, como si también ella pudiera enseñar una lección.

—Buscas la paz en un mar que imaginas agitado. Sin embargo, la ataraxia no se esconde entre los astros ni pertenece a los dioses. Es el estado natural del alma cuando deja de cargar pesos que nunca le pertenecieron.

Levantó el cuenco entre sus manos.

—Observa esta agua. Mientras nadie la agite, permanece serena y refleja el mundo tal como es. Así sucede con el espíritu humano.

Guardó un breve silencio antes de continuar.

—Los hombres de tu tiempo, igual que los del mío, viven acosados por dos grandes fantasmas: el temor a los dioses y el miedo a la muerte. Pero los dioses, si existen, habitan en su propia felicidad y no gobiernan nuestras vidas. Y la muerte no es nada para nosotros, porque mientras nosotros somos, ella no está; y cuando ella llega, nosotros ya no somos.

El viento hizo susurrar las hojas de la higuera.

—También se esclavizan persiguiendo deseos que no tienen fin: la riqueza, la fama, el poder, la admiración de los demás... Son deseos que ninguna fuente consigue apagar. En cambio, los deseos verdaderamente naturales son pocos y fáciles de satisfacer: un trozo de pan cuando hay hambre, agua cuando hay sed, un techo que resguarde de la lluvia y la compañía de quienes nos quieren bien.

Sus ojos recorrieron el Jardín.

Algunos jóvenes conversaban; otros trabajaban la tierra con tranquilidad.

—No busques disfrutar de más cosas, Julián. Aprende a necesitar menos. Cuando el hombre deja de perseguir lo innecesario, descubre que la felicidad llevaba mucho tiempo aguardándolo en las cosas sencillas. Entonces el alma recupera su quietud, como un estanque cuando cesa el viento.

Permanecimos unos instantes en silencio. Por primera vez desde mi llegada sentí que el tiempo había dejado de importarme.

Epicuro se levantó y apoyó una mano sobre mi hombro.

—Ven. Quiero que conozcas a mis amigos.

Nos acercamos al centro del Jardín. Los jóvenes interrumpieron sus conversaciones y nos recibieron con sonrisas curiosas.

—Amigos —dijo Epicuro—, os presento a Julián. Ha recorrido un camino que ninguno de nosotros alcanza a comprender, pero eso importa menos de lo que parece. Desde hoy compartirá nuestra conversación.

Nadie hizo preguntas sobre mi extraño origen. Algunos me saludaron con una inclinación de cabeza; otros me ofrecieron un pedazo de pan o una fruta como si me conocieran desde hacía años. Aquella naturalidad me conmovió más que cualquier muestra de asombro.

Epicuro volvió a dirigirse a mí.

—Si aún no tienes dónde pasar la noche, mi casa será también la tuya. Aquí procuramos recordar cada día que la filosofía no consiste solamente en discutir acerca de la felicidad.

Sonrió.

—Consiste, sobre todo, en compartir el pan, el trabajo y el cobijo con los amigos.

Mientras cruzábamos lentamente el Jardín comprendí que quizá el mayor descubrimiento de mi viaje no sería aprender nuevas ideas, sino conocer a hombres y mujeres que habían decidido convertir la filosofía en una manera de vivir.

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