Capítulo 6: El desgarro del vacío

Igual que la noche anterior, volví a dormir estupendamente: sin sobresaltos, rendido pero ligero.

A la mañana siguiente, nada más levantarme, asearme y vestirme con mi túnica y mis nuevas y confortables sandalias de cuero, me descubrí buscando la mirada de Leontion en cada rincón. Su serenidad, su paso firme y elegante por el sendero y la asombrosa lucidez de su mente ejercían sobre mí una atracción callada y honda. Me estaba enamorando de ella con la sutil desesperación de quien intuye que pertenece a mundos distintos, aunque en ese momento mi memoria no lograra recordar cuál era el mío.

Al mediodía, a la hora del aperitivo, nos volvimos a retirar bajo el gran olivo, lejos del grupo principal. Leontion llevaba entre sus manos un rollo de papiro: un fragmento del Tratado de la Naturaleza de Epicuro. Muy cerca de nosotros, Temista, la filósofa que pasaba unos días en El Jardín, y un muchacho algo más maduro, con una perilla incipiente, amenizaban el momento tocando la cítara y el aulós —el melancólico instrumento de viento de la época—.

Leontion se sentó a mi lado, lo suficientemente cerca como para que yo pudiera percibir el aroma limpio de su túnica y un perfume delicado, como de lavanda, que me hizo estremecer. Con una voz pausada y musical, que se acompasaba con las notas de los músicos y me hacía cerrar los ojos y soñar despierto, comenzó a leerme pasajes sobre el infinito, sobre los átomos que danzan en el vacío y la libertad de un alma que ya no teme a los dioses ni al destino. Mientras la escuchaba hablar de la inmensidad del universo, el resto del mundo dejó sencillamente de existir. Miré su perfil recortado contra el cielo de Atenas y sentí que la verdadera ataraxia de la que hablaba el Maestro no estaba solo en los libros, sino en la bendición de escuchar a aquella mujer fascinante en una tarde de primavera que yo deseaba eterna.

Estaba tan absorto escuchándola que ni siquiera me había percatado de que la música había cesado hacía rato. De repente, vi salir a Temista de la casa; llevaba puesto un delantal de cocinera y se limpiaba en él las manos, que delataban el trasiego de haber estado entre los fogones. Fue entonces cuando su voz rompió la quietud del huerto:

—Chicos... ¡A comeeer...!

Leontion y yo levantamos la mirada al mismo tiempo. En mi estado de trance absoluto, aquella llamada se mezcló con nuestro entorno; me levanté del suelo, apoyándome en la corteza del olivo para acudir a su llamada, pero al ponerme en pie el mundo sufrió un desgarro violento. El cielo de Atenas se resquebrajó, la luz dorada se apagó de golpe en un desvanecimiento absoluto y, tras unos instantes de enorme confusión, desperté.

Tardé unos minutos en recuperar la conciencia de quién era y dónde estaba. Entonces me di cuenta. Había estado sumergido en un viaje virtual con un equipo de inmersión. Me quité las gafas de visión tridimensional y los cascos con manos torpes. Ya no estaba en la Grecia clásica; me encontraba en el estudio de mi casa en Valdebruma, frente a la pantalla del ordenador, aún con el regusto amargo de la pastilla de dos euros en la boca, imprescindible para completar la inmersión. La realidad me golpeó con la fuerza de un jarro de agua fría. Al regresar a mis setenta y un años, regresaron también el cansancio, la pesadez en las piernas y ese viejo malestar del colon que tanto me atormenta cuando le da por gruñir.



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