El Jardín de Epicuro. Capítulo 2. En la casa del maestro
La noche cayó de golpe sobre el Jardín, tejiendo sombras largas entre los olivos. Uno a uno, los jóvenes discípulos y las mozalbetas se fueron despidiendo del maestro con afectuosas reverencias, alegando que debían estar pronto de regreso en sus casas para la cena. Al quedar el sendero en calma, Epicuro me tendió la mano y me invitó a cruzar el umbral de su hogar.
Al entrar, me sorprendió la extrema sencillez de la estancia, alejada de cualquier ostentación patricia. El suelo era de tierra batida bien cuidada y las paredes de adobe estaban encaladas, reflejando la titilante luz de un par de candiles de bronce que consumían aceite de oliva. No había tapices lujosos ni lechos de marfil; solo una recia mesa de madera, unas cuantas banquetas y un camastro modesto al fondo. En un rincón reposaban varias tinajas de barro para el agua y el vino común, junto a unos cestos con higos secos y un queso sencillo.
Allí no soplaban los aires de la Atenas elitista. Al poco de acomodarnos, se acercaron con paso tranquilo un par de hombres y una mujer. Epicuro, con total naturalidad, me los presentó no como sirvientes, sino como miembros de su propia carne. Eran sus esclavos, a los que llamaba hermanos, y algunas de las mujeres que habitaban la comunidad. En la casa del filósofo no había esposa legítima ni descendencia de sangre; su linaje eran aquellos que compartían su techo y su búsqueda de la ataraxia.
Nos sentamos todos juntos en el suelo, sobre unas sencillas alfombras de lana y cojines de lino que amortiguaban la dureza de la tierra. Allí no había rangos ni distinciones; el maestro, los esclavos, las mujeres y yo compartíamos el mismo nivel bajo la luz titilante de los candiles, repartiendo el pan ácimo. Aquellos hombres y mujeres, que en el resto de la Hélade habrían estado relegados a la cocina o al silencio, me miraban con una curiosidad limpia, listos para escuchar los prodigios de ese siglo XXI del que yo procedía.
Les relaté entonces, de manera muy simple, mi llegada. Les confesé que, aunque estaba completamente seguro de mi origen, me resultaba imposible comprender cómo o de qué manera me encontraba allí; me limité a explicar cómo, de repente, el mundo que conocía se desvaneció en un pestañeo y mis pasos aparecieron en los senderos de su siglo.
Ante mis palabras, los esclavos y las doncellas intercambiaron miradas de asombro desbordante, murmurando entre dientes. Lo que no alcanzaban a explicarse era a qué se refería aquello de "siglo XXI", ni con qué año olímpico se correspondía tal cifra. Tuve entonces que explicarles que, en mi tiempo, cada cien años constituían un siglo, y que los años comenzaban a contarse a partir del nacimiento de una persona a quien muchos en mi cultura consideraban el Hijo de Dios; un acontecimiento, les aclaré ante sus ojos abiertos de par en par, que habría de producirse en menos de trescientos años a partir del momento en que ellos mismos se encontraban viviendo.
Mientras el resto de la estancia intentaba asimilar el peso de aquellos siglos futuros y aquella profecía cronológica, mi mirada se detuvo en la única persona que permanecía ajena a la agitación general. Sentada muy cerca del filósofo, apoyada levemente sobre un cojín de sutil color oliva, se encontraba Leontion.
No aparentaba más de treinta años. Su piel era tersa y suave, como si en su rostro aún no hubieran hecho mella los primeros síntomas de la madurez. Vestía una túnica de un sobrio verde hoja que hacía juego con el cojín, y su largo cabello negro caía volcado hacia un lado, recogido en una trenza gruesa y firme que descansaba sobre su pecho. Era una mujer de mirada afilada y serena, a la que Epicuro trataba con unos miramientos y una deferencia especial, un respeto intelectual que destacaba visiblemente sobre el resto. Leontion escuchaba mi relato sin mostrar la más mínima sorpresa por el abismo de las eras ni por el vuelco de mi calendario; mantenía una media sonrisa en los labios, como si el porvenir fuera para ella un territorio ya conquistado por el pensamiento. Epicuro, contagiado de esa misma serenidad aunque con los ojos encendidos por una viva curiosidad, intervino para apaciguar el murmullo de los muchachos:
—No os extrañéis de lo que cuenta Julián —dijo, tomando un higo seco del cesto—. Si el vacío es infinito y el número de átomos es incontable, las combinaciones de la materia deben repetirse eternamente. Lo que nuestro amigo llama "viaje en el tiempo" es la prueba de que el universo es un gran lienzo que se reescribe. Pero dime, Julián... en ese lejano futuro tuyo, donde habéis logrado que los papiros se iluminen y la música suene sin músicos presentes... ¿habéis logrado también arrancar del pecho de los hombres el miedo a la muerte y el temor a los dioses? ¿O seguís sufriendo por las mismas cadenas que nosotros intentamos romper aquí?
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