Capítulo 3: Un paseo por Atenas
Tras la interesante conversación de la noche anterior, el cansancio acabó por vencerme de la forma más natural. Lo extraño fue que, por primera vez en mucho tiempo, no eché de menos mi propia cama. Me sentía profundamente en paz, a pesar de la desconcertante realidad de encontrarme alojado en la casa de Epicuro, en la mismísima Atenas.
«¿La Atenas del siglo IV antes de Cristo?», me pregunté mientras el sueño iba envolviéndome.
Tendría que preguntárselo al maestro. O quizá a Leontion; sospechaba que ella respondía con mayor precisión, mientras que Epicuro tenía la curiosa costumbre de rodear las preguntas antes de llegar a la respuesta. Sonreí al recordarlo.
Sin embargo, aceptaba cuanto estaba viviendo con una serenidad que me sorprendía. Me repetía que todo debía de tener alguna explicación; de lo contrario, no me sentiría tan tranquilo. Lo más probable era que estuviera soñando, aunque jamás había tenido un sueño tan vívido.
Al final decidí dejar de buscar respuestas. Aquella conversación sosegada con el maestro y sus amigos, la cálida hospitalidad de Leontion y la sencilla cena compartida en aquel hogar humilde habían obrado un pequeño milagro. El Jardín no se parecía a la escuela de un filósofo orgulloso, sino al hogar de una comunidad unida por la amistad. El canto rítmico de los grillos, que llegaba desde los arbustos, terminó de mecer mis pensamientos hasta que el sueño se apoderó de mí.
Desperté cuando un rayo de sol consiguió abrirse paso entre las cortinas de lino. Permanecí unos instantes inmóvil, respirando lentamente. El aire estaba impregnado de un aroma delicado: tomillo, romero, laurel... No sabría distinguir cada planta, pero todas juntas componían una fragancia limpia, fresca, casi medicinal.
Sentía una felicidad tranquila, difícil de explicar.
Aún me sorprendió más comprobar que mis eternas molestias de estómago habían desaparecido por completo. Mis tripas, siempre dispuestas a protestar en mi vida cotidiana, parecían haberse unido también a aquella inesperada tregua.
Al incorporarme descubrí, cuidadosamente doblados sobre un taburete de madera, un quitón de lana clara y unas sandalias de cuero.
Sonreí.
—Han pensado en todo...
Me vestí despacio. El tejido era ligero, agradable al tacto, y las sandalias, aunque un poco grandes, resultaban sorprendentemente cómodas.
Al salir de la habitación crucé el salón y me dirigí hacia la cocina. Allí encontré a Leontion preparando el desayuno. Levantó la vista al oír mis pasos y me recibió con una sonrisa luminosa.
—Buenos días, Fernando. Ven. Hoy desayunaremos fuera. El amanecer merece ser disfrutado.
Salimos bajo el pequeño porche, donde la sombra todavía protegía del sol naciente. El aire era fresco y una ligera brisa hacía susurrar las hojas de los olivos.
Leontion fue colocando sobre la mesa dos cuencos de gachas de cebada aún templadas, unas aceitunas de sabor intenso, varios higos recién cogidos y un trozo de queso de cabra. Para beber, agua fresca rebajada con apenas unas gotas de vino tinto.
Era un desayuno humilde, desprovisto de cualquier lujo, pero cada alimento tenía un sabor limpio, auténtico, como si la sencillez realzara todo aquello que en mi época solemos esconder bajo mil artificios.
Mientras comíamos, Leontion me observó divertida.
—El quitón te sienta bastante bien.
Bajé la vista para contemplarlo.
—¿De verdad?
—Sí. Eres casi de la misma estatura... y también de la misma anchura que Epicuro.
No pude evitar reír.
—Entonces espero no acabar con su barriga.
Ella soltó una carcajada.
—Todavía tienes tiempo.
Los dos reímos durante unos segundos.
—Gracias por la ropa —añadí después—. Ha sido un detalle precioso. Además, si hubiera salido a pasear por Atenas vestido como en el siglo XXI, me habrían tomado por un loco.
Leontion asintió con gesto divertido.
—No lo dudes. Atenas será la ciudad más importante de Grecia, pero sigue siendo un lugar donde los rumores vuelan más deprisa que las golondrinas.
Terminamos el desayuno sin prisas, disfrutando simplemente del silencio y de la luz de la mañana.
Cuando recogió los cuencos, Leontion se volvió hacia mí.
—¿Te gustaría dar un paseo por el jardín? Los demás aún siguen durmiendo.
Acepté encantado.
Recorrimos lentamente los senderos de tierra. Ella caminaba despacio, deteniéndose una y otra vez para señalarme una planta o un árbol. No hablaba como quien recita una lección, sino como quien presenta a viejos amigos.
Me enseñó los troncos retorcidos de los olivos, cuyas hojas plateadas brillaban con el viento; los mirtos cargados de pequeñas flores blancas; los laureles, cuyo aroma impregnaba el aire, y varias plantas medicinales cuyos nombres apenas conseguía retener.
De vez en cuando acariciaba una rama con la yema de los dedos antes de explicarme para qué servía o en qué estación ofrecía sus mejores frutos.
Comprendí que aquel jardín no era solamente un lugar donde cultivar alimentos. Era una forma de vivir.
Habíamos pasado ya un buen rato caminando cuando la voz grave de Epicuro llegó desde la entrada de la casa.
—¡Amigos! Creo que Atenas nos espera.
Leontion sonrió.
—Será mejor que no hagamos esperar al maestro.
Nada más cruzar la puerta del Jardín, un viento fresco del norte salió a nuestro encuentro, agitando los pliegues de nuestras túnicas.
Comenzamos a caminar por el sendero que conducía hacia el Cerámico, el barrio donde trabajaban los alfareros.
Yo apenas sabía hacia dónde mirar.
Todo reclamaba mi atención: los hornos de barro expulsando un humo tenue, las humildes viviendas de adobe, los carros que avanzaban levantando polvo, las colinas que rodeaban la ciudad y aquella luz transparente de Grecia, tan distinta de cualquier otra que hubiera contemplado.
Aun así, bajo la fascinación seguía latiendo una inquietud difícil de explicar.
«Estoy caminando por la Atenas de Epicuro.»
La idea era tan desmesurada que por momentos me producía vértigo.
Preferí guardar silencio.
No quería romper la armonía del grupo con preguntas para las que quizá nadie tuviera respuesta.
Poco después se nos unieron varios discípulos del Jardín.
A mitad del camino apareció una joven de mirada vivísima que saludó a Leontion con un abrazo.
—¡Glauca!
—¡Pensaba que ya os habríais marchado!
Desde el primer instante llenó el grupo de alegría. Traía noticias frescas de la ciudad y comenzó a contar, entre risas, que el autor de la comedia más comentada del momento había tenido que abandonar su casa porque ya no podía pagar el alquiler.
Aquello provocó una lluvia de bromas.
—¡Eso demuestra que los poetas viven del aire!
—¡Y cuando falta el aire, viven de prestado!
Las carcajadas resonaron por el camino.
Yo no entendía casi ninguna referencia, pero me sorprendió descubrir que los jóvenes atenienses bromeaban exactamente igual que los de cualquier época.
Las personas cambiaban mucho menos de lo que imaginaba.
Aprovechando que los demás caminaban unos pasos por delante, me acerqué a Epicuro.
—Maestro...
Él volvió ligeramente la cabeza.
—¿Sí, Fernando?
—Me siento completamente desorientado. No entiendo por qué estoy aquí. Tengo la impresión de haber olvidado una parte de mi vida... y esa incertidumbre no deja de perseguirme.
Epicuro redujo el paso hasta caminar a mi lado.
Me miró con la misma serenidad de la noche anterior y apoyó una mano sobre mi hombro.
—No permitas que la angustia ocupe el lugar del presente. Ahora mismo tus pies pisan esta tierra y tus ojos contemplan esta mañana. Eso es lo único que verdaderamente posees.
Permaneció unos segundos en silencio antes de añadir:
—Disfruta del paseo. Atenas tiene mucho que enseñarte. Las respuestas suelen llegar cuando dejamos de perseguirlas.
No era exactamente la contestación que esperaba.
Sin embargo, bastó para tranquilizarme.
Continuamos caminando.
Las calles comenzaron a estrecharse hasta desembocar, poco después, en el inmenso bullicio del Ágora.
El aire vibraba con los pregones de los comerciantes. Los vendedores ofrecían higos, aceite, pescado, telas o cerámicas; los cambistas hacían sonar las monedas sobre las mesas de madera mientras discutían los precios, y desde varios puestos llegaba el intenso olor del ajo, del pan recién cocido y del pescado que chisporroteaba sobre los braseros.
Nunca había imaginado que una ciudad antigua pudiera rebosar tanta vida.
Nos desviamos unos instantes hacia la colina donde se alzaba el templo de Hefesto.
Sus robustas columnas parecían surgir directamente de la roca, recortándose con elegante sencillez sobre el cielo azul.
Mientras contemplaba aquel espectáculo, llevé distraídamente la mano al pliegue del quitón.
Mis dedos rozaron algo frío.
Fruncí el ceño.
Saqué la mano lentamente.
Eran varias monedas de plata.
Las observé con asombro.
Dracmas.
En una de sus caras aparecía grabado el célebre mochuelo de Atenea.
Las hice girar entre los dedos.
¿Quién las había colocado allí?
¿Epicuro?
¿Leontion?
No tenía la menor idea.
Estuve a punto de preguntar, pero cambié de opinión.
Ya habría ocasión de averiguarlo.
Y, para mi propia sorpresa, descubrí que aquellas sencillas monedas disipaban buena parte de mi inquietud.
Resultaba casi cómico.
Podía haber viajado veintitrés siglos atrás en el tiempo...
...pero saber que llevaba dinero en el bolsillo seguía proporcionándome una tranquilizadora sensación de seguridad.
Dejamos atrás el bullicio del mercado y emprendimos el camino hacia la roca sagrada de la Acrópolis.
La ciudad quedó poco a poco a nuestras espaldas. Las calles comenzaron a empinarse y el suelo de tierra dio paso a una senda de piedra desgastada por generaciones de caminantes.
No tardé en comprender que aquella ascensión iba a exigirme bastante más esfuerzo del que había imaginado.
La pendiente era pronunciada y el camino serpenteaba entre grandes afloramientos de roca blanca que el sol empezaba ya a calentar. Las sandalias, algo holgadas para mis pies, no facilitaban precisamente la subida.
A los pocos minutos respiraba con dificultad.
Epicuro, en cambio, caminaba con la naturalidad de quien había recorrido aquel sendero cientos de veces.
De vez en cuando se detenía para esperar al resto del grupo, observando el paisaje con la tranquila paciencia de quien no tiene ninguna prisa por llegar.
Mientras recuperaba el aliento levanté la vista.
Desde aquella altura Atenas comenzaba a desplegarse bajo nuestros pies.
El Ágora se extendía como un inmenso hormiguero humano. Los tejados de barro cocido se sucedían unos tras otros hasta perderse entre los olivares que rodeaban la ciudad. Más allá, las montañas dibujaban un horizonte azul violáceo que parecía fundirse con el cielo.
El rumor del mercado llegaba ya muy amortiguado.
Solo el viento parecía acompañarnos.
—Ahora entiendo por qué elegisteis construir aquí los templos —dije entre jadeos.
Epicuro sonrió.
—No fuimos nosotros.
—Es verdad.
Me eché a reír de mi propio despiste.
—Aún tengo que acostumbrarme a recordar que vosotros también sois simplemente ciudadanos de Atenas.
—Y bastante imperfectos, por cierto.
Aquella respuesta provocó las risas de todos.
Continuamos ascendiendo.
Tras superar un último recodo apareció, por fin, ante nosotros.
El Partenón.
Me detuve instintivamente.
Había visto miles de fotografías a lo largo de mi vida. También documentales, reconstrucciones digitales e ilustraciones.
Nada me había preparado para aquello.
El mármol pentélico parecía contener la propia luz de la mañana. No era completamente blanco, como siempre había imaginado, sino que desprendía delicados matices dorados y marfileños que cambiaban con cada movimiento del sol.
Las inmensas columnas dóricas se elevaban con una elegancia serena, como si hubieran brotado de la montaña.
Lo que más me sorprendió, sin embargo, fue el color.
Los frontones conservaban vivos azules intensos, rojos profundos y detalles dorados que el tiempo aún no había borrado. Aquella visión destruía en un instante la imagen del templo desnudo y blanquecino que durante siglos nos había transmitido la arqueología.
Sentí un escalofrío.
No estaba contemplando una ruina.
Estaba viendo el Partenón vivo.
—Es... hermoso —acerté a decir.
Epicuro permaneció unos segundos contemplándolo conmigo.
—Los hombres son capaces de crear una belleza extraordinaria.
Hizo una breve pausa.
—El problema comienza cuando olvidan para qué la crean.
Continuamos caminando hasta situarnos frente a la gran columnata.
Entonces recordé una pregunta que me rondaba desde hacía unos minutos.
—Maestro... ¿qué significa "Partenón"?
Epicuro apoyó suavemente la mano sobre una de las enormes columnas.
—Proviene de la palabra parthenos, "la doncella". Es la casa de Atenea Partenos, la Atenea Virgen, protectora de esta ciudad.
Levantó lentamente la mirada hacia el edificio.
—Los atenienses creen que aquí honran a la diosa. También guardan en este lugar parte de sus riquezas y de su orgullo.
Observó unos instantes las esculturas del frontón.
—Los templos hablan tanto de los dioses como de los hombres que los levantan.
Aquella respuesta me hizo contemplar el edificio con otros ojos.
Ya no veía solamente un prodigio arquitectónico.
Veía una declaración de poder.
Una afirmación de identidad.
Un inmenso símbolo de una ciudad convencida de ocupar el centro del mundo.
Cruzamos lentamente el pórtico.
Nada más franquear el umbral tuve la sensación de abandonar el exterior.
El aire cambió de inmediato.
Allí dentro reinaba una agradable penumbra, perfumada por el aceite de las lámparas y el incienso que ardía en varios pebeteros.
Mis ojos necesitaron unos instantes para acostumbrarse.
Permanecí inmóvil.
Escuchando.
El silencio no era absoluto.
Se oía el leve crepitar de las llamas.
Algún murmullo lejano.
El roce de unas sandalias sobre el pavimento.
Y entonces la vi.
La estatua de Atenea Partenos emergía lentamente de la oscuridad como si estuviera apareciendo desde otro mundo.
Era inmensa.
Mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.
Su cuerpo, revestido de láminas de oro, reflejaba la luz de las lámparas con destellos cálidos que parecían moverse al compás de las llamas.
El rostro y los brazos, esculpidos en marfil, poseían una serenidad casi sobrehumana.
En una mano sostenía una pequeña Niké alada.
En la otra descansaba el gran escudo decorado con escenas de combate.
Todo en aquella figura transmitía poder.
Pero también una extraña sensación de permanencia.
Comprendí que los antiguos no acudían allí únicamente para contemplar una obra de arte.
Entraban buscando sentir la presencia de algo superior a ellos mismos.
Durante unos minutos nadie habló.
Ni siquiera los jóvenes.
La estatua imponía un silencio que parecía nacer de la propia piedra.
Finalmente fue Epicuro quien rompió aquella quietud.
Su voz apenas era un susurro.
—La belleza tiene un poder inmenso sobre el ser humano.
Lo miré esperando que continuara.
—Por eso conviene admirarla... sin convertirla en esclavitud.
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
No añadió nada más.
Y comprendí que no hacía falta.
Salimos de nuevo al exterior.
La luz del sol nos envolvió de golpe.
Parpadeé varias veces antes de acostumbrarme otra vez al resplandor.
Desde la explanada contemplé Atenas extendida bajo nuestros pies.
La ciudad parecía respirar lentamente.
Pensé que, apenas veinticuatro horas antes, yo estaba en mi casa, en otro tiempo y en otro mundo.
Ahora, en cambio, me encontraba conversando con Epicuro frente al Partenón.
Y, por extraño que resultara, ya no sentía miedo.
Solo una inmensa curiosidad por descubrir qué otras sorpresas me aguardaban en aquella ciudad donde la filosofía caminaba al mismo paso que la vida.
Los muchachos volvieron a reunirse alrededor del maestro.
Habían recuperado enseguida su alegría habitual y discutían animadamente sobre cuál debía ser la siguiente parada del paseo.
Epicuro los observó con una sonrisa apenas perceptible.
La mañana no había hecho más que comenzar.
«¿La Atenas del siglo IV antes de Cristo?», me pregunté mientras el sueño iba envolviéndome.
Tendría que preguntárselo al maestro. O quizá a Leontion; sospechaba que ella respondía con mayor precisión, mientras que Epicuro tenía la curiosa costumbre de rodear las preguntas antes de llegar a la respuesta. Sonreí al recordarlo.
Sin embargo, aceptaba cuanto estaba viviendo con una serenidad que me sorprendía. Me repetía que todo debía de tener alguna explicación; de lo contrario, no me sentiría tan tranquilo. Lo más probable era que estuviera soñando, aunque jamás había tenido un sueño tan vívido.
Al final decidí dejar de buscar respuestas. Aquella conversación sosegada con el maestro y sus amigos, la cálida hospitalidad de Leontion y la sencilla cena compartida en aquel hogar humilde habían obrado un pequeño milagro. El Jardín no se parecía a la escuela de un filósofo orgulloso, sino al hogar de una comunidad unida por la amistad. El canto rítmico de los grillos, que llegaba desde los arbustos, terminó de mecer mis pensamientos hasta que el sueño se apoderó de mí.
Desperté cuando un rayo de sol consiguió abrirse paso entre las cortinas de lino. Permanecí unos instantes inmóvil, respirando lentamente. El aire estaba impregnado de un aroma delicado: tomillo, romero, laurel... No sabría distinguir cada planta, pero todas juntas componían una fragancia limpia, fresca, casi medicinal.
Sentía una felicidad tranquila, difícil de explicar.
Aún me sorprendió más comprobar que mis eternas molestias de estómago habían desaparecido por completo. Mis tripas, siempre dispuestas a protestar en mi vida cotidiana, parecían haberse unido también a aquella inesperada tregua.
Al incorporarme descubrí, cuidadosamente doblados sobre un taburete de madera, un quitón de lana clara y unas sandalias de cuero.
Sonreí.
—Han pensado en todo...
Me vestí despacio. El tejido era ligero, agradable al tacto, y las sandalias, aunque un poco grandes, resultaban sorprendentemente cómodas.
Al salir de la habitación crucé el salón y me dirigí hacia la cocina. Allí encontré a Leontion preparando el desayuno. Levantó la vista al oír mis pasos y me recibió con una sonrisa luminosa.
—Buenos días, Fernando. Ven. Hoy desayunaremos fuera. El amanecer merece ser disfrutado.
Salimos bajo el pequeño porche, donde la sombra todavía protegía del sol naciente. El aire era fresco y una ligera brisa hacía susurrar las hojas de los olivos.
Leontion fue colocando sobre la mesa dos cuencos de gachas de cebada aún templadas, unas aceitunas de sabor intenso, varios higos recién cogidos y un trozo de queso de cabra. Para beber, agua fresca rebajada con apenas unas gotas de vino tinto.
Era un desayuno humilde, desprovisto de cualquier lujo, pero cada alimento tenía un sabor limpio, auténtico, como si la sencillez realzara todo aquello que en mi época solemos esconder bajo mil artificios.
Mientras comíamos, Leontion me observó divertida.
—El quitón te sienta bastante bien.
Bajé la vista para contemplarlo.
—¿De verdad?
—Sí. Eres casi de la misma estatura... y también de la misma anchura que Epicuro.
No pude evitar reír.
—Entonces espero no acabar con su barriga.
Ella soltó una carcajada.
—Todavía tienes tiempo.
Los dos reímos durante unos segundos.
—Gracias por la ropa —añadí después—. Ha sido un detalle precioso. Además, si hubiera salido a pasear por Atenas vestido como en el siglo XXI, me habrían tomado por un loco.
Leontion asintió con gesto divertido.
—No lo dudes. Atenas será la ciudad más importante de Grecia, pero sigue siendo un lugar donde los rumores vuelan más deprisa que las golondrinas.
Terminamos el desayuno sin prisas, disfrutando simplemente del silencio y de la luz de la mañana.
Cuando recogió los cuencos, Leontion se volvió hacia mí.
—¿Te gustaría dar un paseo por el jardín? Los demás aún siguen durmiendo.
Acepté encantado.
Recorrimos lentamente los senderos de tierra. Ella caminaba despacio, deteniéndose una y otra vez para señalarme una planta o un árbol. No hablaba como quien recita una lección, sino como quien presenta a viejos amigos.
Me enseñó los troncos retorcidos de los olivos, cuyas hojas plateadas brillaban con el viento; los mirtos cargados de pequeñas flores blancas; los laureles, cuyo aroma impregnaba el aire, y varias plantas medicinales cuyos nombres apenas conseguía retener.
De vez en cuando acariciaba una rama con la yema de los dedos antes de explicarme para qué servía o en qué estación ofrecía sus mejores frutos.
Comprendí que aquel jardín no era solamente un lugar donde cultivar alimentos. Era una forma de vivir.
Habíamos pasado ya un buen rato caminando cuando la voz grave de Epicuro llegó desde la entrada de la casa.
—¡Amigos! Creo que Atenas nos espera.
Leontion sonrió.
—Será mejor que no hagamos esperar al maestro.
Nada más cruzar la puerta del Jardín, un viento fresco del norte salió a nuestro encuentro, agitando los pliegues de nuestras túnicas.
Comenzamos a caminar por el sendero que conducía hacia el Cerámico, el barrio donde trabajaban los alfareros.
Yo apenas sabía hacia dónde mirar.
Todo reclamaba mi atención: los hornos de barro expulsando un humo tenue, las humildes viviendas de adobe, los carros que avanzaban levantando polvo, las colinas que rodeaban la ciudad y aquella luz transparente de Grecia, tan distinta de cualquier otra que hubiera contemplado.
Aun así, bajo la fascinación seguía latiendo una inquietud difícil de explicar.
«Estoy caminando por la Atenas de Epicuro.»
La idea era tan desmesurada que por momentos me producía vértigo.
Preferí guardar silencio.
No quería romper la armonía del grupo con preguntas para las que quizá nadie tuviera respuesta.
Poco después se nos unieron varios discípulos del Jardín.
A mitad del camino apareció una joven de mirada vivísima que saludó a Leontion con un abrazo.
—¡Glauca!
—¡Pensaba que ya os habríais marchado!
Desde el primer instante llenó el grupo de alegría. Traía noticias frescas de la ciudad y comenzó a contar, entre risas, que el autor de la comedia más comentada del momento había tenido que abandonar su casa porque ya no podía pagar el alquiler.
Aquello provocó una lluvia de bromas.
—¡Eso demuestra que los poetas viven del aire!
—¡Y cuando falta el aire, viven de prestado!
Las carcajadas resonaron por el camino.
Yo no entendía casi ninguna referencia, pero me sorprendió descubrir que los jóvenes atenienses bromeaban exactamente igual que los de cualquier época.
Las personas cambiaban mucho menos de lo que imaginaba.
Aprovechando que los demás caminaban unos pasos por delante, me acerqué a Epicuro.
—Maestro...
Él volvió ligeramente la cabeza.
—¿Sí, Fernando?
—Me siento completamente desorientado. No entiendo por qué estoy aquí. Tengo la impresión de haber olvidado una parte de mi vida... y esa incertidumbre no deja de perseguirme.
Epicuro redujo el paso hasta caminar a mi lado.
Me miró con la misma serenidad de la noche anterior y apoyó una mano sobre mi hombro.
—No permitas que la angustia ocupe el lugar del presente. Ahora mismo tus pies pisan esta tierra y tus ojos contemplan esta mañana. Eso es lo único que verdaderamente posees.
Permaneció unos segundos en silencio antes de añadir:
—Disfruta del paseo. Atenas tiene mucho que enseñarte. Las respuestas suelen llegar cuando dejamos de perseguirlas.
No era exactamente la contestación que esperaba.
Sin embargo, bastó para tranquilizarme.
Continuamos caminando.
Las calles comenzaron a estrecharse hasta desembocar, poco después, en el inmenso bullicio del Ágora.
El aire vibraba con los pregones de los comerciantes. Los vendedores ofrecían higos, aceite, pescado, telas o cerámicas; los cambistas hacían sonar las monedas sobre las mesas de madera mientras discutían los precios, y desde varios puestos llegaba el intenso olor del ajo, del pan recién cocido y del pescado que chisporroteaba sobre los braseros.
Nunca había imaginado que una ciudad antigua pudiera rebosar tanta vida.
Nos desviamos unos instantes hacia la colina donde se alzaba el templo de Hefesto.
Sus robustas columnas parecían surgir directamente de la roca, recortándose con elegante sencillez sobre el cielo azul.
Mientras contemplaba aquel espectáculo, llevé distraídamente la mano al pliegue del quitón.
Mis dedos rozaron algo frío.
Fruncí el ceño.
Saqué la mano lentamente.
Eran varias monedas de plata.
Las observé con asombro.
Dracmas.
En una de sus caras aparecía grabado el célebre mochuelo de Atenea.
Las hice girar entre los dedos.
¿Quién las había colocado allí?
¿Epicuro?
¿Leontion?
No tenía la menor idea.
Estuve a punto de preguntar, pero cambié de opinión.
Ya habría ocasión de averiguarlo.
Y, para mi propia sorpresa, descubrí que aquellas sencillas monedas disipaban buena parte de mi inquietud.
Resultaba casi cómico.
Podía haber viajado veintitrés siglos atrás en el tiempo...
...pero saber que llevaba dinero en el bolsillo seguía proporcionándome una tranquilizadora sensación de seguridad.
El Partenón
Dejamos atrás el bullicio del mercado y emprendimos el camino hacia la roca sagrada de la Acrópolis.
La ciudad quedó poco a poco a nuestras espaldas. Las calles comenzaron a empinarse y el suelo de tierra dio paso a una senda de piedra desgastada por generaciones de caminantes.
No tardé en comprender que aquella ascensión iba a exigirme bastante más esfuerzo del que había imaginado.
La pendiente era pronunciada y el camino serpenteaba entre grandes afloramientos de roca blanca que el sol empezaba ya a calentar. Las sandalias, algo holgadas para mis pies, no facilitaban precisamente la subida.
A los pocos minutos respiraba con dificultad.
Epicuro, en cambio, caminaba con la naturalidad de quien había recorrido aquel sendero cientos de veces.
De vez en cuando se detenía para esperar al resto del grupo, observando el paisaje con la tranquila paciencia de quien no tiene ninguna prisa por llegar.
Mientras recuperaba el aliento levanté la vista.
Desde aquella altura Atenas comenzaba a desplegarse bajo nuestros pies.
El Ágora se extendía como un inmenso hormiguero humano. Los tejados de barro cocido se sucedían unos tras otros hasta perderse entre los olivares que rodeaban la ciudad. Más allá, las montañas dibujaban un horizonte azul violáceo que parecía fundirse con el cielo.
El rumor del mercado llegaba ya muy amortiguado.
Solo el viento parecía acompañarnos.
—Ahora entiendo por qué elegisteis construir aquí los templos —dije entre jadeos.
Epicuro sonrió.
—No fuimos nosotros.
—Es verdad.
Me eché a reír de mi propio despiste.
—Aún tengo que acostumbrarme a recordar que vosotros también sois simplemente ciudadanos de Atenas.
—Y bastante imperfectos, por cierto.
Aquella respuesta provocó las risas de todos.
Continuamos ascendiendo.
Tras superar un último recodo apareció, por fin, ante nosotros.
El Partenón.
Me detuve instintivamente.
Había visto miles de fotografías a lo largo de mi vida. También documentales, reconstrucciones digitales e ilustraciones.
Nada me había preparado para aquello.
El mármol pentélico parecía contener la propia luz de la mañana. No era completamente blanco, como siempre había imaginado, sino que desprendía delicados matices dorados y marfileños que cambiaban con cada movimiento del sol.
Las inmensas columnas dóricas se elevaban con una elegancia serena, como si hubieran brotado de la montaña.
Lo que más me sorprendió, sin embargo, fue el color.
Los frontones conservaban vivos azules intensos, rojos profundos y detalles dorados que el tiempo aún no había borrado. Aquella visión destruía en un instante la imagen del templo desnudo y blanquecino que durante siglos nos había transmitido la arqueología.
Sentí un escalofrío.
No estaba contemplando una ruina.
Estaba viendo el Partenón vivo.
—Es... hermoso —acerté a decir.
Epicuro permaneció unos segundos contemplándolo conmigo.
—Los hombres son capaces de crear una belleza extraordinaria.
Hizo una breve pausa.
—El problema comienza cuando olvidan para qué la crean.
Continuamos caminando hasta situarnos frente a la gran columnata.
Entonces recordé una pregunta que me rondaba desde hacía unos minutos.
—Maestro... ¿qué significa "Partenón"?
Epicuro apoyó suavemente la mano sobre una de las enormes columnas.
—Proviene de la palabra parthenos, "la doncella". Es la casa de Atenea Partenos, la Atenea Virgen, protectora de esta ciudad.
Levantó lentamente la mirada hacia el edificio.
—Los atenienses creen que aquí honran a la diosa. También guardan en este lugar parte de sus riquezas y de su orgullo.
Observó unos instantes las esculturas del frontón.
—Los templos hablan tanto de los dioses como de los hombres que los levantan.
Aquella respuesta me hizo contemplar el edificio con otros ojos.
Ya no veía solamente un prodigio arquitectónico.
Veía una declaración de poder.
Una afirmación de identidad.
Un inmenso símbolo de una ciudad convencida de ocupar el centro del mundo.
Cruzamos lentamente el pórtico.
Nada más franquear el umbral tuve la sensación de abandonar el exterior.
El aire cambió de inmediato.
Allí dentro reinaba una agradable penumbra, perfumada por el aceite de las lámparas y el incienso que ardía en varios pebeteros.
Mis ojos necesitaron unos instantes para acostumbrarse.
Permanecí inmóvil.
Escuchando.
El silencio no era absoluto.
Se oía el leve crepitar de las llamas.
Algún murmullo lejano.
El roce de unas sandalias sobre el pavimento.
Y entonces la vi.
La estatua de Atenea Partenos emergía lentamente de la oscuridad como si estuviera apareciendo desde otro mundo.
Era inmensa.
Mucho más de lo que jamás hubiera imaginado.
Su cuerpo, revestido de láminas de oro, reflejaba la luz de las lámparas con destellos cálidos que parecían moverse al compás de las llamas.
El rostro y los brazos, esculpidos en marfil, poseían una serenidad casi sobrehumana.
En una mano sostenía una pequeña Niké alada.
En la otra descansaba el gran escudo decorado con escenas de combate.
Todo en aquella figura transmitía poder.
Pero también una extraña sensación de permanencia.
Comprendí que los antiguos no acudían allí únicamente para contemplar una obra de arte.
Entraban buscando sentir la presencia de algo superior a ellos mismos.
Durante unos minutos nadie habló.
Ni siquiera los jóvenes.
La estatua imponía un silencio que parecía nacer de la propia piedra.
Finalmente fue Epicuro quien rompió aquella quietud.
Su voz apenas era un susurro.
—La belleza tiene un poder inmenso sobre el ser humano.
Lo miré esperando que continuara.
—Por eso conviene admirarla... sin convertirla en esclavitud.
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
No añadió nada más.
Y comprendí que no hacía falta.
Salimos de nuevo al exterior.
La luz del sol nos envolvió de golpe.
Parpadeé varias veces antes de acostumbrarme otra vez al resplandor.
Desde la explanada contemplé Atenas extendida bajo nuestros pies.
La ciudad parecía respirar lentamente.
Pensé que, apenas veinticuatro horas antes, yo estaba en mi casa, en otro tiempo y en otro mundo.
Ahora, en cambio, me encontraba conversando con Epicuro frente al Partenón.
Y, por extraño que resultara, ya no sentía miedo.
Solo una inmensa curiosidad por descubrir qué otras sorpresas me aguardaban en aquella ciudad donde la filosofía caminaba al mismo paso que la vida.
Los muchachos volvieron a reunirse alrededor del maestro.
Habían recuperado enseguida su alegría habitual y discutían animadamente sobre cuál debía ser la siguiente parada del paseo.
Epicuro los observó con una sonrisa apenas perceptible.
La mañana no había hecho más que comenzar.
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